Artículo extraido de la revista "Mondo Biker" nº 22. De lo mejor que he leido de literatura underground. Lo firma un tal Mateo. Sencillamente genial. Vale la pena leerlo, aunque sea un poquito largo. Allá va...
EL CHÁNDAL DE MI HERMANO
El otro día, para sorpresa de todos, incluido él mismo, mi hermano pequeño decidió ir a comprarse un "chándal". Sí, ya sabes, esa ropa deportiva compuesta por un pantalón y una sudadera. El caso es que como no podía ser de otra manera, mi querido hermano se dirigió a una tienda de deportes. Tras dos o tres vueltas mirando el material, un amable dependiente se acercó para ofrecerle su ayuda. "Estoy buscando un chándal" dijo mi hermano, "¿y para que deporte lo querría?" le preguntó el dependiente. Mi querido hermano no salía de su asombro y debió poner cara de "pasmao"...
En ese momento el amable dependiente pasó a explicarle que no era lo mismo un chándal para practicar atletismo que para jugar al tenis o hacer baloncesto. Cada uno de ellos tiene unas características, un tipo de tela o incluso un diseño distinto. "Verá usted, amable dependiente. Yo el chándal lo quiero básicamente para salir de casa los domingos por la mañana cuando voy a comprar los churros y el periódico".
Para mí, hasta hace un par de años, Cecilio no era más que el amigo de un amigo. pero para conocer bien a este tío solo necesitas hablar con él un par de veces. Cecilio es una de esas personas sencillas, sin vuelta de hoja. Un tío de pueblo, franco y noble. Cecilio tenía una Fat Boy como para cagarse de guapa, pero su señora no la encontraba demasiado cómoda. De modo que la cambió por una Electra. Curiosamente lo primero que hizo fue quitarle el asiento de atrás y poner uno de muelles para él solo. Sin duda su señora seguro que ahora iba a estar mucho más cómoda.
El caso es que no hacía un año que había cambiado de moto cuando un día, junto con nuestro colega Javi, decidieron recorrer los doscientos cincuenta kilómetros que separan nuestros nidos para tomar una birra. Charlamos un rato, comimos juntos y traté de convencerlos para que se quedasen esa noche en la ciudad, podríamos tomar un par de copas y por si fuese poco tenía entradas para el concierto de Chuck Berry. Pero una vez más la prudencia tomó el mando y justo después del café comenzaron el camino de vuelta. Unas tres o cuatro horas después sonó el teléfono. Al ver que eran ellos imaginé que sería la típica llamada para decir, "hemos llegado bien, nos veremos pronto". Pero la cosa no iba por ahí. A quinientos metros de su casa, un coche se ha llevado a Cecilio por delante y se ha dado a la fuga. Por ahora le falta medio pie y por lo demás aún no sabemos como se encuentra. El asunto parece grave.
A la semana siguiente conseguí hablar con él. Parece que de ese viaje tenía billete de vuelta. Aún continuaba en la cama del hospital, entre hierros, tubos, alambres y pruebas. Pero lo que más me llamó la atención es que el tío no me habló de lo que le dolía, de lo que le habían cortado o lo que le quedaba, no me habló de operaciones ni de medicamentos. Ni tan siquiera sabía si podría volver a caminar. El jodío cabrón solo me hablaba de la moto. "¿Podremos arreglarla? ¿Hacemos un chopper o compramos una de las nuevas?¿Por qué no te la llevas y le hechas un vistazo?".
Unos cinco meses después Cecilio ha venido a verme de nuevo. Muletas aparte, tiene buena cara. Afortunadamente la cosa no fue a más. La ciencia médica hoy día hace maravillas, y después de unas cuantas operaciones Cecilio ha recuperado casi todas las partes de su cuerpo y digo casi, porque el dedo gordo de su pie aún lo deben andar buscando por el sembrado y los demás los lleva pillados con alambres, tuercas y bisagras, lo que se llama un auténtico pie de ferretero. Parece claro que el número de aquellos que pensamos que tener veinte dedos entre manos y pies es una exageración, va en aumento. Aún no sabe cuando caminará de nuevo, ni mucho menos cuando podrá trabajar o conducir, pero Cecilio no aguanta más. Quiere una moto. Y cuando digo quiere me refiero a que la necesita, a que no puede seguir sin ella. Aunque solo sea para tenerla en el salón de casa, que por cierto es donde este muchacho aparcaba la moto habitualmente.
Y yo no podía dejar de preguntarme "¿para que coño quiere Cecilio una moto si no pude montar en ella?" No puede transformarla, seguramente ni tan siquiera pueda arrancarla. Afortunadamente creo haber encontrado la respuesta. Cecilio quiere una moto exactamente por el mismo motivo que mi hermano quiere un chándal. Porque le sale de los cojones, y punto. Todo en esta vida no tiene porque ser razonable o lógico, ni tan siquiera tiene por qué ser útil o adecuado. Algunas veces queremos algo sencillamente por eso, porque lo queremos y no creo que valga la pena buscar más explicaciones. Ahora mi hermano tiene un precioso chándal gris sin una sola mancha de sudor y no me cabe duda que muy pronto mi amigo Cecilio tendrá otra moto en el salón de su casa. ¿Por qué? Porque sí, porque quieren y porque pueden. Con dos cojones.
(MATEO)
Sin palabras...
